Quiero conocer a la Sonora Santanera

Para mis abstractos maestres, Jorge Ibargüengoitia y Salvador Novo.

 

-¿Vamos a ver si nos dan tamales?

-Pero, llevamos dos años viviendo aquí y con nadie nos llevamos bien.

 

En realidad llevábamos más tiempo viviendo aquí, en este pequeño pueblo, y en efecto, en mi caso, no me llevaba bien con nadie, a excepción de con Giovanni, un chavo que vivía calle debajo de nosotros y que varias veces me había ayudado en cosas varias "hacer el paro" decía. C. en ese sentido era mas accesible para con los del pueblo, y tenia la habilidad de infiltrarse en fiestas de esa laya.

 

- Va a venir la Sonora Dinamita, la Sonora Santanera

-¡La Sonora Santanera! ¿Aquí? Supongo que - decía mientras me llevaba el vaso con leche a la boca- no será difícil conseguir un autógrafo de la Sonora Santanera.

- Y, entonces, ¿vamos?

- Si quieres - dije con un dejo deliberadamente risible.

 

Habiendo acabado mi cena, me levante dirigiéndome hacia el baño para cepillarme los dientes. En aquel momento llevaba traje, así que después de haber ido al sanitario, torné a ir a mi habitación y me quité los zapatos y la corbata. Me acosté en mi lecho, y estuve dormitando. Había vuelto mas intensamente un recuerdo, que levemente había llegado desde que entré en el baño, y que persistía insistentemente en que yo recordara a una mujer. ¡Aquellas emociones a las que sucumbía sólo al pensar en ella! En ese momento el peso del silencio se volcó vehementemente en un deseo de verla, y demostrarle lo que por ella seria capaz de obrar. Este ímpetu se transformó rápidamente en impotencia, y en tristeza. Evocaba los eventos ocurridos aquella tarde. En primer lugar recordaba un amigo que me había revelado que una persona que apreciaba a sobremanera estaba enamorada de mi y yo, como era natural, lo había arruinado todo.

Y posteriormente recordé a Rosa, que hoy, junto con una amiga bastante fea, se la pasaron coqueteando conmigo. Rosa me parece una mujer muy bella, y ese día en mas de un momento tuve el deseo de constreñirla en mis brazos, y ella, inerme aceptar con emoción mis besos. Pero ello no ocurriría tampoco, o si lo hubiera hecho correría un riesgo de tal nivel que arruinaría mis relaciones sociales, y perdería a una amiga bien proporcionada. Tanto a mi amigo como a Rosa los encontré en el mismo lugar, en un foro donde participé de extra en una obra de teatro en la cual yo actuaba como yo mismo, a insistencia del productor. Ya estaba quedándome dormido sin haberme puesto mi pijama, pero me pareció intrascendente y realmente en aquel momento me parecía difícil salir de la cama, así que deje liberar mi memoria por más tiempo. Recordé la clase de cine de aquel mismo día, y que Priscila, una compañera unos cuantos años menor que yo, era en veces realmente insoportable pese a su edad, y también recordé que estaba bien buena. Me acordé de la primera vez que la vi, con sus tenis Nike blancos sensualmente raídos y su pants Hollister bien pegado al cuerpo, que hacia bien la labor de resaltar sus carnes, y a ella misma, sudorosa y jadeante después de haber ido a su entrenamiento de voleyball, según decía.

Tuve una extraña e imperiosa necesidad de ir nuevamente al sanitario, así que salí de mi lecho y caminé casi al grado de sonambulismo, cuando intermitentemente miré que la puerta de C. se encontraba abierta, y lo vi a el, junto al espejo de su ropero, arreglándose con profusión ; ya estaba portando su mejor chamarra calientísima. El también me vio, y dijo:

 

-M., entonces ¿ya estas listo?

-¿Era en serio lo que dijiste en la cena?- También blasfemé algo que no recuerdo.

 

Habiendo disipado mi sueño, corrí por mis tenis, pues no pensaba buscar otra vez mis incómodos zapatos de gala. Aun llevaba pantalón de vestir y camisa. Salí de mi habitación, y como la habitación de C. se encuentra enfrente de la mía, apenas salí me miró, diciéndome:

 

- Tápate

- No hace frío

- Te presto esta chamarra, agárrala- A veces C. actúa como mi padre, y realmente no pensaba usar, y menos salir portando una chamarra calientísima en primavera.

- Mejor voy por una rápido

 

Fui a mi ropero sin encender la luz de la habitación y saqué lo primero que vi respecto sudaderas y chamarras. Era una chamarra azul que casi nunca usaba. Me la puse, y salí para la cochera, mientras C. decía que como hacia mucho frío iba a sacar sus guantes, Los buscó en el coche, y en ese momento abrí el zaguán

 

- ¡No! Nos vamos a ir caminando

- Pero hace frío

- No le hace, ni va a haber donde dejarlo.

 

Abrió la puerta, y salimos. Al caminar media cuadra dijo que regresáramos por el coche, pues parecía que estaba bastante lejos. Me pareció molesto, pero correcto, y mientras el sacaba el coche, entré rápidamente a la casa, busqué mi cuaderno de notas, y revisé positivamente si llevaba bolígrafo. Entonces salí.

 

-¿Hoy a que día estamos?- pregunté- ¿a veinticuatro?

- A veintitrés

- Gracias- lo anoté en una hoja en blanco de mi cuaderno

-Ya veo que trajiste tu diario

- No es un diario- tuve el arrobado ímpetu de explicarle la función de un cuaderno denotas respecto a un diario, porque me pareció muy burdo parangonarlo con un diario, mas preferí guardar silencio. Vi como habían dejado en nuestra acera algunas botellas de tonayan vacías, cosa que ocurre muy a menudo en este pueblo, y especialmente en nuestra acera.
- Esta mas lejos- Noté que estaba perdido, porque en realidad no sabia donde iba a ser el evento.

- ¿En donde decías que iba a ser?

- Es en cuatro o cinco lados- corroboré que no sabia donde era.

 

Al llegar a la esquina de la calle, doblamos hacia la izquierda, y después linealmente. C. vio mucho tráfico, y estacionó el coche al lado de la acera, no sin que un tipo en una camioneta fea pasara frente a nosotros a una distancia ridículamente peligrosa mientras C. se estacionaba. Y apenas bajé cuando otro tipo borracho casi me atropella. C. posee el deplorable comportamiento de maldecir a todos los automovilistas, no siendo esta ocasión la excepción, ya que había maldecido a estos dos tipos. Después de salir del coche, apenas dimos unos pasos, pudimos contemplar el camión de Los Chicos Aventura patrocinado por Tecate, haciendo maniobras imposibles en una calle en la que sólo cabía un coche, inmovilizando inevitablemente el tráfico.

No sé porqué C. se quedó anonadado viendo y criticando las maniobras que el camión hacía, hasta que lo interrumpí y le dije que siguiéramos.

 Caminamos hasta ver una instalación bastante decente, y gentes esperando que iniciara el espectáculo. C. se unió a la multitud, y yo lo seguí. Vi el escenario, transmitiendo un video musical de Daddy Yankee, cuando inusitadamente, empecé a gritar que trajeran a Iron Maiden y a Metallica, las bandas más populares de heavy metal. Fue un chiste que ignoro que alguien en la multitud lo hubiera entendido. Como sólo había vagos indicios de algún espectáculo, seguimos caminando. Lo primeo que vi fueron los puestos de tacos, y lo segundo los de alcohol. Se me había antojado pero no llevaba dinero, además de portar una chamarra azul con camisa y pantalón de vestir con tenis. No eran los tacos los de mi antojo, puesto que no como seguido carne, acaso el alcohol, yo deseaba unas papas fritas. Mientras seguíamos caminando, C. me comentaba sobre aquella fiesta del pueblo, y como no era de mi interés, lo ignoré y torné a observar que cada cinco casas había alguien vendiendo alcohol, hasta que me sorprendió cuando dijo:

 

- ... y cuando probé la comida, me hizo vomitar.

 

Después estuvo enunciando cronológicamente los eventos que ocurrían cada año en la fiesta.

 

-¿Sabias que ahora se le ha dado el nombre de la Feria del Tamal?

 

Seguimos con nuestro andar hasta llegar al centro del pueblo donde el número de casa vendedoras de alcohol se triplicó. Me sorprendió ver la cantidad de gente en contraste a la que esperaba encontrar. Parecía, y supongo que así era, que todo el pueblo había descendido para tomar alcohol y ver a sus artistas favoritos. Incluso encontré a Giovanni, única persona, por cierto, que saludé.

 Al llegar al centro, que estaba atestado de gente, descubrí que C. inclusive había llevado consigo una bolsa para sus tamales. Al parecer estaban ofreciendo tamales en una casa que no tenia puerta, y había una tabla para que no pasaran las gentes, siendo bastantes las que estaban tanto adentro como esperando.

C. se quejó de que no podía pasar hacia aquella tabla debido a la aglomeración de gente, así que le enseñe a como entrar, salir y trasladarse en una multitud. Estuvo buen rato esperando alguien que le ofreciera tamales, mientras que yo súbitamente pensé en los mismos recuerdos de cuando estaba en mi cama. Entonces para quitarme aquel incognicible dolor, lo disimule con otra broma, diciendo:

 

-¡Al diablo los tamales, yo quiero mis pinches papas fritas con salsa!

 

Naturalmente, nadie se rió. Sólo faltaba que algún ignaro lo considerara ofensivo.

 Convencí a C. que no nos conocían y que no nos iban a regalar ni un vaso con agua. Entonces seguimos caminando. Y encontramos otra instalación, estúpidamente ubicada, pues se encontraba enfrente de ella un jardín y una toma de agua, de aquellas blancas que se ven a varios metros de distancia. Pensé que bien pudieron haberla ubicado a diez metros de ahí, dentro de una pequeña cancha que ahí se encontraba. Sobre el escenario se encontraba una banda haciendo play back, sonoricé que hacía play back, en tono de broma. Y hubo sonido ambiente de nuevo, ninguna risa.

C. y yo seguimos con nuestro paseo, ahora en busca de no se que cosa. Obviamente ya me encontraba mas ofuscado que él, y tenia deseos de regresar a dormir, que en efecto, era esa mi pretensión antes de salir. Las casas, por donde fuera, vendían alcohol. Cuando abandonamos el centro encontré algo visualmente interesante: un muchacho, de unos veinte años, llevando una pancarta que decía - y también hay pomos-, que se la restregaba a la gente que transcurría, haciendo publicidad de aquel pequeños y temporal negocio familiar a base de vender alcohol.

  Ahora caminábamos por una cuesta. No tenia idea de cual era la razón de seguir aquel camino, pero me abstuve de preguntar. La razón que mas me exasperaba era que en ningún negocio ni fijo ni improvisado, vendía papas fritas, que ya las estaba paladeando, mas, en cambio, vendían alcohol. Comenzamos a guiarnos por el sonido de la música, y después de pasar varios puestos de tacos, llegamos a la instalación de mayor calidad, y la mas henchida de gentes. Nuevamente le di clases a de cómo pasar sobre un público al irreflexivo de C., y descubrimos que el grupo que estaba tocando era la Sonora Dinamita, o un nombre por el estilo. Cuando oyó esto, el rostro de C. se colmó de júbilo. Nos asentamos un buen rato ahí, porque él se resistía a irse. Nos encontrábamos hasta en frente, pues aquel bullicio de gentes era extremadamente fácil de empujar, es decir, de transcurrir en ella. Como el momento que aconteció en aquel lugar parecíame molesto por varias razones, tuve una idea brillante, mas sin embargo ofensiva a C., y al publico, a la banda, en fin, pero me brindaría un momento de diversión: abrí mi cuaderno en la hoja que había anotado la fecha con anterioridad. Dibujaría a la Sonora Dinamita. Busco fructuosamente mi bolígrafo, y al momento de restregarlo contra el papel descubro que no pinta. Era el colmo, si había anotado la fecha con él , pensaba. Mi inspiración había sucumbido en un producto irrealizable. Aconteció entonces que logré alcanzar con la vista a un hombre que vendía churros con salsa. Me conformo con eso, pienso en ese momento, cuando descubrí que no llevaba ni un céntimo. Otra desilusión.

 Entonces me entretuve viendo la sombra de mis cabellos "que se veían muy chidos", en la bocina frente a la que me ubicaba -cosa irónica, pues C. siempre se queja de que escucho la música a todo volumen, pero ahora estábamos enfrente de unas bocinas de concierto, y él estaba feliz, y yo molesto-, y también haciendo comentarios sarcásticos e irrisorios sobre lo que comentara la banda, que, por razones lógicas, nadie se reía o aun, escuchaba. En un momento la banda mencionó "Sonora Santanera", C. me miró con atención, y yo grité como en son de emoción, broma que nadie entendió. En otra ocasión yo volteaba para una dirección distinta a la de la banda, y C. gritó que dirigiera la mirada a la banda; estaban bailando irrisoriamente. No se porqué me pareció ameno el grupo y lo consideré un espectáculo decente, hasta el momento que entro una botarga de rana -la ranita brincadora- al escenario y bailó con la banda. Cuando hubo acabado aquél funesto acontecimiento, le insistí a C. de que nos fuéramos, y él optó por seguir lo que había dicho. Cuando salimos del lote donde se organizó el evento, me pareció ver a un ex. No tengo idea si era o no, con la vista de águila que tengo, de noche, y con el animo por los suelos, ojala que no haya sido, y si así fue, que no me haya reconocido; pues en todo caso iba con otro chavo.

 Caminamos en dirección al centro. C. siguió con su soliloquio, decía que no podríamos ver a la Sonora Santanera porque no tenia idea de en donde se iban a presentar. Mostró que en serio "desearía que pudieras haber ido a verla", pero en realidad, el único interesado era él. Lo interrumpí por única vez, para que nos detuviéramos y yo entré en una tienda. Tomé unos Churrumaiz y se los mostré a una anciana que se encontraba en la puerta, y me dijo que le hablara a la mujer del mostrador -me señaló el mostrador, en el cual no había mujer alguna. Esperé a que saliera, y mostrando la botana, dije:

 

-¿Cuánto va a ser?

-Cinco pesos

 

 Le dije que era un abuso, puesto que en días normales, aquella botana costaba cuando mucho tres cincuenta. Pero me doblegué. Salí con mi botana, y buscando a C., lo encontré charlando con unos alcohólicos.

 

-C., préstame cinco pesos

 

 Entré de nuevo a la tienda. La tendera se había ido, nuevamente. Así que me acerque al mostrador cuando una anciana, que mágicamente había aparecido y estaba platicando con la anciana anterior, me palpó violentamente el brazo, diciendo -¿que deseas? La ignoré incluso la empujé instintivamente. Salió la mujer y le dejé la moneda en el mostrador.

 

-Ya que no conseguí mis papas fritas- le dije a C. mientras seguíamos caminando.

- Yo creía que la Sonora Dinamita iba a traer mujeres- me confundió la palabra "mujeres", pero después entendí que ser refería a las mujeres exuberantes, con sombrero, minifalda y brassier con diamantina, portando esto en todas sus presentaciones, incluso en los días mas intempestivamente fríos, y que se la pasaban contando chistes anfibológicos. -Y ya no vi a la Sonora Santanera, ora que tenia oportunidad- después de un momento de silencio, continuó - ni hubiéramos traído el coche, luego los abren.

 

Finalmente C. tenía deseos de irse, e incluso apresuro los pasos para saber prontamente el estado del coche. Al llegar nuevamente a la primera instalación, vimos como los Chicos Aventura ocupaban el escenario. Todavía C. se quedó un corto instante en ver la pantalla que anteriormente transmitía un video de Daddy Yankee, y ahora mostraba a la banda. Proseguimos. Vimos el camión de antes estacionado a media calle, al lado de la instalación. Seguimos y vimos un congestionamiento aún peor que el que había ocasionado el camión. En la mitad de la calle de un solo sentido con salida obstruida, había dos coches tête à tête, cada uno con una dirección opuesta, y detrás de ellos una aglomeración de coches siguiendo el sentido de los dos coches atorados. Era una escena graciosa que no se resolvería en mucho tiempo, y se lo mostré a C .

 

-Se ve loco- y señalé a los dos coches

- ¿Quién se ve loco?

- No, nada

 

El congestionamiento había llegado hasta nuestro coche, así que corrimos para llegar antes de que mas coches llegaran y saliéramos de ahí hasta la mañana siguiente. Sólo un Volkswagen estaba obstruyéndonos el paso, y muy amablemente tornó reversa y nos dejó salir. Ya en el coche, C. siguiendo su hábito empezó a maldecir a los automovilistas:

 

-Estos pendejos a guevo se quieren meter, pero eso es el complejo de ¿Cómo voy yo a caminar si tengo carro?, por eso, porque nosotros fuimos inteligentes dejamos el carro hasta acá... - y siguió su soliloquio.

 

Llegando a casa, me despedí de C., consolándolo de que no nos hubieran dado tamales, me cepille de nuevo los dientes y me metí a mi lecho. Es día tuve pesadillas por primera vez en trece años. Soñé que la mujer a la cual tanto necesito me daba un beso, un ósculo torpe y obstinado, como única muestra de que no acontecería mas entre nosotros, un beso que era una barrera, que impedía generar otra acción, inclusive la acción de lo etéreo, pese a que aun prevalecía una esperanza firme en mi, de que no seria así, aunque por dentro estaba destrozado. Y en aquel mismo onirismo también apareció mi casero, es decir mi primo C., corriéndome de la casa.

 

26 de enero de 2010

Adamas. 2010